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El Turismo en Áreas Naturales
Turismo y Conservación en la Argentina

El Turismo en Áreas Naturales

Cuando visitamos un lugar y quedamos maravillados por su paisaje, surge, invariablemente, el deseo de que el mismo perdure, que no sea interrumpido, fragmentado por carteles o edificaciones que conducen, indudablemente, a una ruptura de la armonía con la naturaleza que los rodea.

Uno se reconforta al saber que aún no llegaron las cadenas de hamburguesas y marcas a igualarlo todo, a vulgarizarlo, escudadas en un universalismo cultural que propone consumir el mismo producto en cualquier parte del mundo.
Y dan ganas de volver.

Pienso en la Argentina, en su inmenso potencial, su monumental naturaleza, sus innumerables pueblitos con condiciones turísticas, y la oportunidad de alcanzar un desarrollo equilibrado, que a su vez sea un instrumento para su conservación y no degrade sus paisajes ni silencie sus identidades locales en el ámbito de la globalización. Y en la necesidad de resaltar que todo ello constituye un primordial atractivo, una importantísima fuente de recursos.

Estado actual del Turismo.
El turismo se ha convertido en una de las industrias más poderosas del mundo, fuente de millones de puestos de trabajo, generadora de un capital que supera el 10% del producto bruto mundial, con un crecimiento sostenido del 260 % solamente entre los años 1970 y 1990, y unos resultados preliminares difundidos por la Organización Mundial del Turismo (OMT) que indican que las llegadas de turistas internacionales crecieron, en 1999, entre un 4 y un 5 por ciento, alcanzando la cantidad de 670 millones para fines de año.

La sola mención de las cifras muestra la importancia y la prioridad que deberían darle los gobiernos a esta actividad, así como su contribución sustancial en términos de divisas -algo así como un ingreso por exportaciones-, en las ganancias, en la creación de puestos de trabajo y, evidentemente, en el aumento de ingresos públicos.

En particular, el turismo en lugares naturales, representa una pequeña fracción de toda la industria turística. Sin embargo, constituye un segmento que alcanza un índice de crecimiento del 25% anual, resultando particularmente importante en el contexto del desarrollo sustentable al ofrecer el potencial de movilizar recursos del sector privado, que indudablemente impulsan las economías locales y nacionales y, a su vez, generan un incentivo para la conservación de áreas de inmenso valor paisajístico, natural, arqueológico, cultural o de diversidad biológica.

Lamentablemente, existen pocos datos sobre el turismo de naturaleza, pero su impacto económico es notable. En Kenya por ejemplo, el turismo genera anualmente un ingreso superior a 400 millones de dólares; en Ecuador, el Parque de las Islas Galápagos genera unos 54 millones de dólares; en Costa Rica el turismo de naturaleza superó los $600 millones de dólares, y solamente en la reserva del Bosque Nublado se generaran 10 millones cada año.

Este tipo de turismo tiene una marcada influencia sobre diferentes actividades y servicios: hotelería, restaurantes, transporte, deporte, artesanías, cultura, agencias de viaje, operadores y guías de turismo, y no sería erróneo afirmar que, a su vez, estas actividades tienen relación con otros sectores: la construcción, la agricultura, la industria textil, la aseguradora, las diferentes profesiones independientes (abogados, economistas, ingenieros, arquitectos, etc.).

De este modo, el turismo de naturaleza presenta características ideales para el desarrollo de la pequeña y mediana empresa, brindando una oportunidad a aquellas comunidades rurales, ubicadas en lugares remotos, que carecen de las riquezas tradicionales -y por lo tanto su acceso a las inversiones o fondos públicos es limitado-, pero cuentan con un paisaje inolvidable, una vegetación única, con una particular diversidad biológica o, simplemente, con una cultura especial.

Costa Rica, por ejemplo, ha desarrollado un sistema turístico conformado principalmente por hoteles y restaurantes medianos y chicos, en su mayoría de propiedad de personas locales, así como una extensa red de personas -también locales- involucradas en trabajos y servicios del turismo.

Con grandes proyectos, muchas veces impulsados por capitales extranjeros, la mayoría -si no es el total- de las ganancias son remitidas al exterior, y no resulta reinvertida ni gastada en la comunidad receptora del turismo. Algunos estudios hechos en Cancún, por ejemplo, demuestran que solamente se retiene el 20% de los ingresos. El resto se gira a otro lado. El sistema de pequeña escala, en cambio, no solamente requiere de menores inversiones, sino que da una mayor oportunidad a las poblaciones al asegurar que las ganancias sean aplicadas a gastos o inversiones en la propia comunidad.

He aquí un campo excepcional para la cooperación público privada, con participación de las comunidades locales, donde el rol principal del Estado debe consistir en crear la condiciones propicias para la inversión privada local y extranjera, promocionar los lugares de destino, velar por el establecimiento de la seguridad y salud de los turistas, y establecer una zonificación y un uso del suelo adecuado que asegure que los impactos ambientales y sociales del turismo se minimicen.

De este modo puede alcanzarse la protección de los atractivos naturales y culturales del país, identificando los objetivos y oportunidades que, además, ayudarán a generar las ganancias que contribuyan a la protección de los parques, los paisajes, los sitios de importancia natural, histórica, arqueológica o cultural, asegurando así el mantenimiento de la cualidades que dan origen a la intención de conocer o regresar a un lugar.

El impacto ambiental y cultural del Turismo
El continuo crecimiento del turismo inevitablemente expone a las comunidades locales y a las poblaciones autóctonas a poderosos efectos. Las áreas de sensibilidad ecológica o paisajística están sujetas a los riesgos propios de una mayor presión y consiguiente degradación ambiental, especialmente debido a que la mayoría carece de un manejo y de una preparación adecuada para un significativo crecimiento de los visitantes.

También el turismo produce cambios sobre las culturas locales y quizás sea difícil determinar, sin subjetividad, cuáles cambios son positivos y cuáles no. Sin embargo, pueden plantearse algunas diferencias. El turismo en entornos naturales desarrolla actividades como la observación de vida silvestre, exploración de bosques, buceo, avistaje de ballenas, visitas a sitios de belleza escénica incomparable, etc, que en la mayoría de los casos se compone de grupos de personas con, digamos, una mayor "sensibilidad ambiental". El turismo de masas, en cambio, al tener una escala mayor posee un impacto más notable y podría afirmarse que el tipo de turistas resulta generalmente más indiferente, más inclinado al consumo y tal vez menos predispuesto a entender la cultura o la historia de los lugares. Contrariamente, el turismo de naturaleza, de menor escala, permite mayores posibilidades de participación a las personas locales.

A riesgo de simplificar, podría afirmarse que la oportunidad y el desafío más importante de la actividad turística en la actualidad sea alcanzar un balance entre los beneficios que otorga el uso por parte de los visitantes y el mantenimiento de las condiciones naturales y culturales del área.

Lamentablemente, muchos operadores turísticos y funcionarios ligados a la actividad tienden a subestimar el impacto ambiental de la actividad desconociendo que el uso inadecuado del turismo puede transformar a la actividad en un uso consuntivo. Consecuentemente, aquellos involucrados en la planificación turística deberán comprender que el respeto y el mantenimiento de la naturaleza y de la diversidad de valores, creencias, y filosofías, resultan el fundamento y la supervivencia de la actividad.

Cuando el uso del turismo en un determinado lugar es descontrolado, cuando se desarrolla sin planificación alguna, priorizando los beneficios económicos -generalmente de corto plazo- sobre la protección de la naturaleza y de la cultura local, cuando se trata a los lugares y su gente como mercaderías, cuando se lo “comoditiza”, podemos estar seguros que nos encontramos dando un paso hacia un daño irreversible, no sólo de las condiciones naturales o culturales, sino de sus atractivos turísticos esenciales y, consecuentemente, privando de un recurso fundamental a la gente del futuro de esa localidad.

Modalidades en la Planificación.
El método más simple para evitar los efectos negativos del turismo consiste en llevar a cabo un cuidadoso análisis de la capacidad de carga del lugar, limitando consecuentemente la cantidad de visitantes. De acuerdo a la definición de la Organización Mundial del Comercio, la capacidad de carga es “el nivel de visitantes que un área puede recibir con un alto nivel de satisfacción para los visitantes y un bajo impacto sobre los recursos”, definición que deja abierto un amplio margen de discrecionalidad.

Tal vez si la capacidad de carga fuera invariable en todos los lugares podríamos aceptarla sin los reparos que ofrece el hecho de que el deterioro ambiental, o el impacto a los recursos, ocurre de un modo diferente en cada lugar, de acuerdo a la conjunción de muchos aspectos culturales, naturales, biológicos, climáticos, etc.

Así, resulta difícil cuantificar el número de personas suficientes para poner en riesgo la biodiversidad de un determinado lugar, o desde otro punto de vista, la cantidad de personas o automóviles necesaria para que la majestuosa belleza del Glaciar Perito Moreno comience a desvalorizarse, impidiendo un verdadero regocijo y desalentando el regreso al lugar.

Tomemos el caso de la reserva biológica del Bosque Nublado en Costa Rica, originalmente establecida para la investigación biológica, donde el número de personas durante los períodos de mayor afluencia de público se limita a 100 personas (al mismo tiempo) en algunos senderos, los cuales no solamente no pueden ser abandonados por los visitantes, sino que son cerrados para su recuperación en cuanto presentan signos de deterioro, combinando así el manejo con un cuidadoso monitoreo del lugar.

Algunos autores opinan que, en realidad, el daño no resulta de la cantidad de visitantes o del tiempo de estadía en el lugar, sino desde un punto de vista cualitativo, del daño que puede producir cada turista en particular. Así, se sugiere un mejor manejo, que promueva una dispersión espacio-temporal de los visitantes, o su concentración en determinados sectores, instruyéndolos incluso, lo cual permite aumentar la cantidad de concurrentes.

De todos modos, si el acceso es ilimitado, sin regulación alguna, resulta difícil creer que los propios operadores sean quienes dejen de enviar turistas a un determinado lugar por razones ambientales. Incluso tampoco podría requerirse que ellos supieran en qué momento se están comenzando a producir daños o a partir de qué momento la experiencia deja de ser agradable debido a la cantidad de visitantes, porque tampoco ellos son los únicos que allí concurren. Todo lo cual demuestra la necesidad de incluir, en las mismas políticas turísticas, instrumentos como la capacidad de carga, a fin de mantener intactas las calidades y cualidades turísticas del lugar.

Desde un punto de vista social, resulta fundamental además, comprender la habilidad de determinada comunidad para absorber el impacto de extranjeros -por períodos cortos o largos a veces- y continuar funcionando sin quebrar la armonía local. De allí la necesidad de contar con la participación comunitaria en la planificación turística, para evitar la construcción de un lugar "solo para los visitantes", que fragmente a la propia comunidad y dé la espalda a las necesidades locales.

En un mercado en apariencia ilimitado, la falta de planificación no traerá sino las mismas consecuencias que en otras áreas, como la pesca, donde se produce el colapso total del recurso. En el caso del turismo implicará la voluntad de no conocer o regresar al lugar porque los recursos (escénicos, naturales, culturales, etc.) han sido devastados por la ilimitada presencia de turistas.

Turismo en Áreas Protegidas
Puede afirmarse que, tradicionalmente, las áreas protegidas fueron consideradas como la piedra fundamental para la protección de la biodiversidad. Fuera de ellas, la conservación alcanzó cierto optimismo a partir de la popularidad adquirida por el “desarrollo sustentable”. En el área de la conservación, esto fue traducido como “uso sustentable” y así, muchos sostienen que la mejor manera de alcanzar la conservación de la biodiversidad es a través del uso de los recursos por parte de la gente. Quienes defienden esta posición han ido más lejos aún, sosteniendo que no deberían existir áreas con protección estricta y que todas deberían estar abiertas a algún tipo de uso, simplificando así los eventuales conflictos existentes sobre la utilización de los recursos.

Es cierto que algunas áreas protegidas han sido objeto de uso por miles de años, con una actividad humana tradicionalmente baja y que, en muchos casos, la integridad de la diversidad biológica se ha preservado en el sentido de que los procesos ecológicos se encuentran intactos. Ocurre que los motivos que mantuvieron esa actividad en baja escala se han modificado y el nivel de uso ha crecido rápidamente, provocando una marcada disminución de la biodiversidad, lo que también está sucediendo fuera de la áreas protegidas debido a los cambios en los usos de la tierra y sus recursos.

No debería sorprender que esta situación, sumada a los rápidos efectos de la globalización de la economía estén generando cambios en un nivel regional y local, y que los parques y sus alrededores sean afectados por estas fuerzas.

Realmente existen muchos reparos para pensar que el “uso sustentable” es compatible con la conservación de la biodiversidad y quizás la tendencia de considerar al uso sustentable de los recursos como herramienta para su conservación tenga menos fundamentos biológicos o ecológicos, que políticos.
Lo que si parece ser seguro es que no todas las cosas pueden protegerse con el uso, y quizás no todos los lugares deban “abrirse al uso” y que, sin un entendimiento general de la dinámica de los ecosistemas en lugares específicos, las estrategias para un desarrollo sustentable pueden llevar a una perdida sustancial de biodiversidad.

De todos modos si bien puede afirmarse que las áreas protegidas representan el método más importante para la conservación de la biodiversidad, asignarle a éstas todas las responsabilidades, constituye una buena manera de asegurar el fracaso de la misión.

Ahora bien, en nuestro tan discutido caso de trasladar la Administración de Parques Nacionales al área de la Secretaría de Turismo de la Nación subyace, independientemente de las cuestiones institucionales, el riesgo de que algunas áreas puedan ser transformadas en usos que, indudablemente, podrían llevar a la pérdida de biodiversidad. Riesgo que ya existía de todos modos.

Evidentemente el tipo de uso que resulta apropiado en las áreas protegidas, y cuándo un uso resulta sustentable es una discusión que seguramente merece -y necesita- profundizarse. No olvidemos que las áreas protegidas son raramente establecidas por su potencial turístico, y que muchas veces no son lugares para un desarrollo viable.

Lo cierto es que mientras cierta cantidad de turismo puede -y dada la situación presupuestaria debe- constituír una importante fuente de soporte financiero para el mantenimiento de un área protegida, un turismo sin planificación alguna ocasiona indudables riesgos a los lugares naturales y a la cultura local. Obviamente, si el principal objetivo del área es la conservación de la biodiversidad, el turismo puede entrar en conflicto con las metas del manejo de la misma. Aquí residirá la inteligencia de establecer una correcta zonificación, alentando el turismo en ciertas áreas y desalentándolo -o impidiéndolo si fuere necesario- en las áreas de mayor fragilidad, y de modo tal que se minimice la fragmentación de habitats.

Posiblemente el mantenimiento de enormes áreas protegidas con un impacto humano bajo sea la mejor manera de asegurar la conservación de la biodiversidad y quizás una buena respuesta ha ello a sido la categorización de las áreas protegidas, realizada por la Unión Mundial para la Naturaleza al establecer diferentes usos que van desde una protección estricta hasta zonas de uso múltiple en los parques.

Es cierto que existen quienes sostienen que podemos tenerlo todo: conservación de la biodiversidad y desarrollo. Pero tal vez esta creencia constituye un grave riesgo para las áreas protegidas, y puede conducir a estrategias de manejo que al querer conformar a todas las partes, no logren ningún resultado efectivo. Quizás muchos crean que están conservando cuando en realidad están haciendo una intervención a largo plazo.

Muy posiblemente lo apropiado sea invertir en el fortalecimiento de las capacidades de aquellos que manejarán las áreas, para que puedan diseñar un sistema turístico realmente responsable, asegurando que el turismo beneficie a los parques y a las comunidades locales sin degradar sus cualidades escénicas ni biológicas. Ya es hora de comenzar a implementar mecanismos que puedan medir la capacidad de carga de los diferentes lugares y luego implementar las medidas para respetarla. Tal vez sea necesario repensar los valores de ingreso a los parques de acuerdo al origen de los visitantes. Supongamos el caso de visitantes extranjeros que invierten tres o cuatro mil dólares en un viaje para disfrutar de un paisaje o de un lugar de especiales condiciones naturales o culturales. En nada afectará su itinerario si el ingreso al área implica el pago de unos 50 pesos. En el caso de visitantes locales, el precio deberá ser mucho menor, como ya ocurre actualmente. De este modo se comenzarán a reflejar los costos reales de los servicios brindados y, si las ganancias se reinvierten, seguramente podrá financiarse un manejo adecuado, que asegure la conservación de las cualidades naturales y culturales del área para las generaciones futuras, y consecuentemente el mantenimiento y mejora de los atractivos turísticos que generan el interés por realizar o repetir la visita.

Código Ético Mundial para el Turismo.
Artículo 3
El turismo, factor de desarrollo sostenible
1) Todos los agentes del desarrollo turístico tienen el deber de salvaguardar el medio ambiente y los recursos naturales, en la perspectiva de un crecimiento económico saneado, constante y sostenible, que sea capaz de satisfacer equitativamente las necesidades y aspiraciones de las generaciones presentes y futuras.
2) Las autoridades públicas nacionales, regionales y locales favorecerán e incentivarán todas las modalidades de desarrollo turístico que permitan ahorrar recursos naturales escasos y valiosos, en particular el agua y la energía, y evitar en lo posible la producción de desechos.
3) Se procurará distribuir en el tiempo y en el espacio los movimientos de turistas y visitantes, en particular por medio de las vacaciones pagadas y de las vacaciones escolares, y equilibrar mejor la frecuentación, con el fin de reducir la presión que ejerce la actividad turística en el medio ambiente y de aumentar sus efectos beneficiosos en el sector turístico y en la economía local.
4) Se concebirá la infraestructura y se programarán las actividades turísticas de forma que se proteja el patrimonio natural que constituyen los ecosistemas y la diversidad biológica, y que se preserven las especies en peligro de la fauna y de la flora silvestre. Los agentes del desarrollo turístico, y en particular los profesionales del sector, deben admitir que se impongan limitaciones a sus actividades cuando éstas se ejerzan en espacios particularmente vulnerables: regiones desérticas, polares o de alta montaña, litorales, selvas tropicales o zonas húmedas, que sean idóneos para la creación de parques naturales o reservas protegidas.
5) El turismo de naturaleza y el ecoturismo se reconocen como formas de turismo particularmente enriquecedoras y valorizadoras, siempre que respeten el patrimonio natural y la población local y se ajusten a la capacidad de ocupación de los lugares turísticos.
Artículo 5
El turismo, actividad beneficiosa para los países
y las comunidades de destino
1) Las poblaciones y comunidades locales se asociarán a las actividades turísticas y tendrán una participación equitativa en los beneficios económicos, sociales y culturales que reporten, especialmente en la creación directa e indirecta de empleo a que den lugar.
2) Las políticas turísticas se organizarán de modo que contribuyan a mejorar el nivel de vida de la población de las regiones visitadas y respondan a sus necesidades. La concepción urbanística y arquitectónica y el modo de explotación de las estaciones y de los medios de alojamiento turístico tenderán a su óptima integración en el tejido económico y social local. En igualdad de competencia, se dará prioridad a la contratación de personal local.

Luis Castelli

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